López Obrador y el populismo educativo

VÍCTOR BELTRI

….. “Podría pararme en la mitad de la Quinta Avenida, dispararle a alguien, y no perdería votantes”. Trump sabía lo que decía en aquel acto de campaña, en Iowa, en 2016: el discurso de odio con el que había machacado a los estadunidenses durante meses surtía efecto, y la sociedad norteamericana se encontraba más polarizada que nunca. Sus seguidores habían pasado, en unos meses, de ciudadanos descontentos con el sistema a fanáticos dispuestos a cualquier cosa, con tal de defender a su líder ante cualquier cuestionamiento: el odio al sistema, el resentimiento social y el deseo de venganza eran superiores a cualquier argumentación racional.

Podría haberlo hecho, sí, y muy probablemente no habría perdido votantes: los electores de Trump no decidieron con el cerebro, sino con el estómago. Votar por Trump era votar por un cambio que, para quienes estaban molestos con el sistema, carecían de oportunidades o —simplemente— deseaban vengarse de los partidos tradicionales, resultaba más importante que los desvaríos de quien se enfrentaba —por fin— al régimen. Y así, a fuer de ir aceptando, paulatinamente, lo inaceptable —todo con tal de alcanzar el cambio que deseaban—, el núcleo de seguidores se endureció hasta el punto que, efectivamente, hubiera perdonado sin chistar un crimen cometido por quien encarnaba su esperanza y sus rencores.

Esperanza y rencor; el fuego del populismo, y la semilla del fascismo en promesas de campaña que, aunque no lo haya logrado, ha tratado de cumplir mientras descalifica a los medios que cuestionan la opacidad en sus finanzas personales, la injerencia de sus hijos, lo sospechoso de sus asociados. La relación con gobiernos dictatoriales, el poco interés y conocimiento de los asuntos globales.

Trump no escucha, y se burla de quienes le cuestionan. Trump desprecia la justicia, y cree que no puede alcanzarle. Trump está dispuesto a prometer cualquier cosa, con tal de mantener el poder: Trump es un populista. Un populista, sin embargo, que nunca ha fingido ser algo distinto: sin importar el auditorio, las barbaridades que afirma en un foro las sostiene en el siguiente. Es triste admitirlo, pero por lo visto hasta en el populismo hay niveles: los norteamericanos tienen un populista de primer mundo.

Nosotros no. El nuestro no sólo es populista, sino que trata de jugar a los dos bandos. Andrés Manuel no es más brillante que Donald Trump, pero sí mucho más taimado. Trump no es más inteligente que López Obrador, pero nunca manejó un discurso distinto, para el mismo tema, de acuerdo a quien le oyera. Los seguidores de Trump conocen sus posturas de forma inequívoca; los de Andrés Manuel tienen que desentrañarlas y hacer exégesis para justificar su propia incongruencia.

Su propia incongruencia. Los seguidores de López Obrador han tenido que seguir un proceso similar al de los seguidores de Trump, aceptando paulatinamente lo inaceptable con tal de alcanzar un cambio que, en este caso, ni siquiera tienen seguro. Andrés Manuel promete algo un día, y otra cosa al siguiente; asegura algo a su base, y se desmiente ante quienes le critican. Ofrece en un lado, ofrece en el otro, y no firma en ninguno. Andrés Manuel promete lo que quiere, se alía con quien se deja y comienza a celebrar Navidad en octubre: López Obrador, como Trump, podría pararse en su propia Quinta Avenida, dispararle a alguien y no perdería votantes.

Dispararle a alguien, hacer un plantón o comprometer el futuro de la niñez mexicana. López Obrador acaba de proponer la cancelación de la Reforma Educativa, con todo lo que implica. Las plazas heredadas, la falta de preparación, la supuesta autonomía sindical. La Maestra, y el futuro de nuestros hijos, por un puñado de votos. Votos, además, de ilusos: nuestro populista es tan traidor y tan mentiroso que no quiso, ni siquiera, firmarle un compromiso a quienes busca que le apoyen. Hay de populistas a populistas. El nuestro, además, es taimado y miserable, dispuesto a un país de ignorantes en el futuro por uno de votantes en el presente. El disparo, no se da cuenta, es en el propio pie.

Excélsior.

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