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De la partidocracia a la partidofobia

Quedan pocos mexicanos que se identifican como morenistas, panistas, priístas u otros. Tenemos, en suma, un electorado crecientemente sin identidad partidista, lo que comúnmente se denomina como “independientes”.

Interesante la más reciente encuesta telefónica de El Financiero. Viene a comprobar lo que otros sondeos ya estaban indicando: una caída en picada de las preferencias a favor de Morena. De 44% en diciembre de 2018 a 18% en marzo de 2020. Pero no es que los otros partidos de oposición estén capitalizando este derrumbe. Ni el PAN ni el PRI han crecido en las intenciones de voto durante este sexenio. El primero se mantiene en 10%, el segundo en 8 por ciento. Lo que ha crecido es la categoría de los que responden que no votarían por ninguno o no sabrían por quién votar si las elecciones de diputados federales fueran el día de hoy.

Súmese a eso que, en todas las encuestas, la mayoría de los mexicanos tiene una opinión negativa de todos y cada uno de los partidos y existe un decrecimiento en la identificación de la gente con éstos. Quedan pocos mexicanos que se identifican como morenistas, panistas, priístas u otros. Tenemos, en suma, un electorado crecientemente sin identidad partidista, lo que comúnmente se denomina como “independientes”.

Interesante: he aquí un cambio sociológico aunado a un cambio de régimen político. Hemos pasado de la partidocracia a la partidofobia.

De 2000 hasta el 2018, en la incipiente democracia mexicana, los partidos fueron la principal fuente de poder político. Para empezar, detentaron el monopolio de las candidaturas a puestos de elección popular. Por eso, los miembros del Poder Legislativo, donde se tomaban las decisiones más importantes del país, obedecían a ciegas las instrucciones de las dirigencias partidistas, en lugar de las preferencias de sus electorados.

En la partidocracia era muy difícil que los partidos se pusieran de acuerdo para formar una mayoría calificada de dos terceras partes a fin de cambiar la Constitución. Sin embargo, en una cosa sí se pusieron de acuerdo: en legislaciones que fortalecían cada vez más su poder. Durante este periodo se otorgaron a sí mismos más dinero, crearon más puestos públicos que ellos ponían, limitaron la competencia electoral y se protegieron de posibles críticas de la sociedad.

En otras palabras, la vieja historia del abuso del poder. Antes que pensar en el país, pensaron en ellos. Perdieron el rumbo y dejaron de escuchar a la ciudadanía. No por nada un candidato antisistémico como López Obrador arrasó en las elecciones de 2018. Y los partidos, de inmediato, se derrumbaron. Desde entonces no han podido resurgir de las ruinas. Ni siquiera Morena ha dado el paso de convertirse de movimiento político a partido.

Ahora, la partidofobia se ha instalado en nuestro país. Los números demuestran que existe una aversión generalizada hacia los partidos. Su militancia ha decrecido considerablemente. En las encuestas hay cada vez menos mexicanos que se identifican con alguno de ellos.

De estar en los cuernos de la luna, pasaron al basurero de la historia. Muchos dirán “qué bueno, se lo merecían”. Y tienen razón en que, por soberbia, se lo ganaron. En lo que no estoy de acuerdo es en celebrarlo. No es que me gusten per se los partidos, pero creo que son instituciones absolutamente indispensables para el funcionamiento de una democracia representativa y liberal.

Los partidos es donde se reclutan a los políticos que gobernarán o serán opositores. Ahí los capacitan para tornarse en profesionales de la política porque, como dice Héctor Aguilar Camín, “sólo hay una peor cosa que un político profesional y es un político no profesional”.

Los partidos desarrollan ideas de cómo solucionar los problemas públicos. Son los que canalizan las demandas de la ciudadanía y las transforman en agendas de gobierno. Son los que encumbran a un líder que encarna el proyecto político.

Pero, lo más importante, es que evitan la personalización de la política. Porque, sin ellos, la alternativa es el poder de un líder que gradualmente se va apropiando de las instituciones democráticas.

¿Suena familiar? Desde luego que sí.

Tan mala, entonces, la partidocracia que nos gobernaba antes como la partidofobia actual. A la democracia no le conviene ni los abusos ni las ausencias partidistas.

Twitter: @leozuckermann

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