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La era de Corral

Por Cruz Pérez Cuéllar

…Un final digno del propio Javier Corral está teniendo este malogrado quinquenio, que comenzara con las bravatas que acostumbraba lanzar desde la tribuna o desde cualquier otra palestra política que se dispusiera para ese propósito, causó mucho estruendo al principio y luego se echó a dormir en sus laureles; más tarde despertó y ya no había mucho qué hacer, trató de levantar obra pública y no pudo, nunca gestionó los recursos necesarios para ello; quiso enderezar el entuerto en varias secretarías de su jurisdicción, pero tampoco pudo, el ocio ya había impregnado toda su administración; se encontró con finanzas colapsadas por doquier, con grupos en contra, incluyendo los que al principio lo apoyaron. Después, en medio de la frustración, inició una de las mayores persecuciones en contra de quienes consideraba una amenaza para su futuro político.

Comenzó su gobierno como sus discursos: muy ufano y sintiéndose superior a cualquiera, solo que en esta ocasión, en este último encargo, no tenía frente así a los miembros de la Cámara alta o baja, que le encantaba entretenerlos con sus largas peroratas. Sus denuestos eran lanzados a diestra y siniestra, muchos con dedicatoria, pero muchos otros aventados al aire, y tarde o temprano estos insultos sumados a la desconfianza por su nulo esfuerzo en la encomienda, recayeron en el pueblo, que empezó a reclamarle cual debía.

El bono democrático se lo bebió en una sentada, o más bien en una partida de golf, y luego le siguieron carreras pedestres, de vez en cuando un juego de tenis, que solo confirmaban que su real interés estaba completamente ajeno a actividad gubernamental.

Muy pronto la gente que votó por él quedó decepcionada, y los que no votaron también. Aplicó una política de justicia selectiva que lo llevó a erigirse en un nuevo agente del Ministerio Público, muy caro por cierto, y poco efectivo. Envolvió a su gabinete en sus propios afanes y no hizo más que entorpecer la función de la Fiscalía General, de la Secretaría de Hacienda, de Seguridad Pública Estatal, y de muchas otras, pues su propósito no tenía que ver con el de dichas áreas, incluso creó secretarías nuevas para apoyarlo en esa tarea como la Secretaría de la Función Pública Estatal, que solo sirvió para cargar más peso a la nómina y consolidar su imagen de justiciero.

Pero también este momento queda inscrito como uno de los de mayor salvajismo político, porque se enfocó en perseguir, procesar y sentenciar a sus adversarios como nunca antes en la época moderna del estado, brindando protección por otro lado, a sus incondicionales, tal es el caso de su primer secretario particular, José Luévano y el comunicador Alfredo Piñera, ambos señalados en el caso del asesinato de la periodista Miroslava Breach. Pero han vivido todo el corralato bajo la protección suprema del gobernador.

El prólogo de esta historia ya lo conocemos: Corral se la pasó todo su gobierno persiguiendo a sus enemigos políticos, no se edificó obra pública digna de mención en cinco años (aunque sí volaron miles de millones de pesos de las arcas estatales con ese fin), se pasó cientos de horas paseando en avión oficial, de vacaciones, jugando golf, tenis y otras frivolidades. Las secretarías y oficinas creadas para combatir la corrupción, y de pasada dar trabajo a sus amigos, resultaron más señaladas de corrupción que los señalamientos mismos que pudieron haber hecho.

La inseguridad no desapareció, incrementó como en los tiempos de Felipe Calderón y su guerra contra el narco; la deuda no se redujo, la aumentó en varios miles de millones más; la democracia (tan llevada y traída por él), el respeto a las instituciones, la división de poderes, la autonomía de las dependencias, fueron prostituidas y alcanzaron uno de los peores momentos de la historia reciente.

Inició marchando, con el pecho henchido, para exigirle a Peña Nieto recursos federales, y los logró entonces; luego cuando cambió el escenario político nacional trató de hacer lo mismo, pero no le funcionó; chantajeó como mejor lo sabe hacer, pero por primera vez y de manera contundente se topó con pared. El presidente López Obrador es un hombre forjado en la fragua de la política nacional, conoce muy bien sus vaivenes, y también conoce las andanzas de Javier Corral, por lo que lo mantuvo a raya.

El mandatario chihuahuense se dolió de que el nuevo presidente no accediera a sus chantajes, y decidió crear un frente para hacer oposición a la 4T. En julio de 2019 se unió a la Alianza Federalista, donde una decena de gobernadores se lanzaron contra las políticas del gobierno lópez-obradorista.

Del chantaje pasó al insulto, en septiembre de 2020, el gobernador expulsó de la mesa de seguridad pública al representante del Gobierno federal, con la intención de generar presión por otra vía, al representante del gobierno de la República. Pero nuevamente le falló el cálculo.

De ahí le siguió una batalla sin cuartel por el tema del agua, acusando a diestra y siniestra al jefe del Ejecutivo federal, cuando él mismo torpedeaba las negociaciones con los líderes agricultores, funcionarios de la Comisión Nacional del Agua, legisladores, entre otros.

Para entonces la guerra de declaraciones emprendida por Javier Corral en contra del presidente López Obrador era abierta, sin cortapisas. Tan solo me referiré a algunas de las declaraciones hechas por el gobernador. Como aquella que ofreció a Latinus en septiembre de 2020: El mandatario estatal en entrevista con este medio señaló que el presidente sólo admite el sometimiento y no escucha. “Cuando AMLO no obtiene incondicionalidad, señala Corral, usa la intimidación desde sus conferencias mañaneras”, subrayó en entrevista.

Anteriormente, con el mismo medio había declarado: “Lo primero que hay que lamentar es la tragedia de México, haber pasado de un presidente corrupto y corruptor, como lo fue Peña Nieto, a un presidente que siembra el odio, que manipula y falta a la verdad, y ese es el presidente López Obrador”, dijo el gobernador.

Por esas mismas fechas “La Silla Rota” publicó otra declaración de Corral muy elocuente: “A otros los podrá intimidar, en mi caso, el presidente se está equivocando. A mí ni me va a intimidar ni me va a mantener callado, como lo ha hecho con otros gobernadores. Nosotros vamos a responder con respeto y con firmeza”.

Y entonces, los epítetos y señalamientos cargados de frustración y coraje en contra del presidente estuvieron a la orden del día. Y hasta hace muy poco, cuando se dio cuenta que sus estrategias ya no le funcionaban más (curiosamente porque siempre le habían dado buenos resultados aún en las peores circunstancias), decidió agachar la cabeza, adular y alabar, después de tanto despotricar.

No estoy en contra del arrepentimiento, por supuesto, sobre todo si es sincero y tiene como propósito enmendar errores para mejorar las relaciones, para encaminar proyectos; estoy en contra de la hipocresía, del engaño sistemático como aquel que enseñorea la cabeza del gobernador Corral. Un hombre que pasará a las páginas negras de la historia de nuestro estado, precisamente por su arrogancia y por haber perdido la oportunidad de hacer algo por Chihuahua, pero la perdió envuelto en sus mentiras, en su indiferencia y un sinnúmero de frivolidades. Esta fue la era de Javier Corral.