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¿Qué haremos con Corral?

Por Arturo García Portillo

….. Antes de formular una pregunta del calibre de la que da título a este artículo, deberíamos decirnos, como hacía el juglar juarense, “pero qué necesidad”, de meterse en esos berenjenales de diseñar el almacén de un exgobernador. Bueno, ya que allá vamos, séame permitido primero un momento para andarme por las ramas.

Durante mucho tiempo los gobernantes lo eran para siempre. Siempre que estuvieran vivos, se entiende. Gobernaban hasta que morían. Y los sucedía alguien en las mismas condiciones, básicamente por la modalidad de monarquías hereditarias. En tiempos modernos hubo formas emparentadas, tiranías, dictaduras y autoritarismos. Por lo tanto, no había que preocuparse de qué hacer con el gobernante cuando terminara su período. Más que ofrecerle honras fúnebres tan pomposas como fuera posible.

Con el advenimiento de la democracia esto ya no pudo seguir siendo así. Los gobernantes fueron acotados a ejercer el poder durante un período limitado de tiempo. La ciencia política tiene por objeto de estudio, precisamente, cómo se accede, ejerce y deja el poder. Pero no cómo “no se ejerce”. Esto planea interrogantes que ahí buenamente cada estado nacional, en su tiempo y circunstancia, ha ido resolviendo del modo que puede.

En México casi siempre lo hicimos, como muchas cosas, con “reglas no escritas”. El año 1929 fue el inicio de “el maximato”, es decir el período en el que había un presidente formal, pero el poder lo ejercía el expresidente Plutarco Elías Calles. El presidente ese año era Pascual Ortiz Rubio, a quien el pueblo apodaba “el nopalito”. La sede del Ejecutivo era nada menos que el Castillo de Chapultepec. La frase que se decía entonces con voz queda era “el presidente vive aquí, pero el que manda vive enfrente”. Así fue hasta que llegó Cárdenas y lo mandó al exilio.

Después de eso se instauró la regla no escrita. Don Daniel Cossío Villegas nos explica que el poder presidencial se ejercía de modo monárquico por seis años, pero después de eso, absolutamente nada. Reza un dicho alemán: los que ya bailaron, que se sienten. Igual para gobernadores. Así duró hasta la alternancia. Pero hay un relativo consenso en que es algo prudente.

Sale a colación porque se ha dolido el exgobernador de que la actual primera mandataria Maru Campos le está cargando la mano con diversas acusaciones, y señala que se trata de una campaña de difamaciones y calumnias, ensuciar su nombre y “descalificar la enorme y vertical batalla contra la corrupción que dimos en Chihuahua”, (nadie ha puesto en duda que se tiene en alta estima), cito textual de una carta que leí en un chat de exlegisladores. Por lo que sé, nada de lo que dice ahí es cierto. Ni campaña, ni difamaciones, ni vertical batalla. Hemos conocido la información de registros documentales que indican una muy grave condición operativa y financiera del Gobierno estatal. Obligación de nuevos funcionarios es transparentar esa información, como también lo es diseñar e implementar los mecanismos que consideran indispensables para resolverlo y ofrecer a la gente atención, servicios y obras que resuelvan sus necesidades cotidianas. Y esto es lo que va a definir a la gobernadora.

Por varios lados Corral ha mandado la señal de que no se sentará luego de la bailada. Escucho que a algunos les preocupa si cambiará de partido. Yo no puedo concebir esa posibilidad, pero nada más porque no tengo imaginación tan desbordada como para suponer que alguna institución le abra la puerta sin saber aún todo lo que falta por saber del lado oscuro de su legado. ¿Qué puede llevar ahí donde lo inviten? No trae nada en sus alforjas que alimente su camino, ni trofeos, ni prestigio, ni obras. Ni un historial modesto. Conforme pasan los días, por el contrario, los pixeles de una borrosa fotografía se multiplican y la vuelven nítida. Un enorme déficit que compromete la ejecución del expediente del bien común, casos judiciales construidos sobre la amenaza o la simulación, colgados de alfileres; no de la justicia, sino del obsequio debido al detentador transitorio del poder. Con un discurso vacío, de ideas y de propuestas, y desde luego no acompañado de lo elocuente, que es su traslado a la realidad en acciones y servicios bienhechores de la gente. A donde vaya, irá solo. Si algo debe, no llegará demasiado lejos para pagarlo, si no puede hacerlo despreocupado. Pero tampoco puede ser algo personal.

Yo no soy nadie para darle un consejo a la gobernadora. Solo un ciudadano, su elector, y pienso que también su amigo. Por experiencia sé que solo instalado en sus zapatos se aquilata el peso de cada una de las variables que modelan las decisiones. Por ello solamente puedo poner una modesta opinión en esta liberal tribuna. Le diría que no se quede convertida en estatua de sal mirando atrás, como dice el Génesis que ocurrió a la mujer de Lot. A cambio de ello también afirmo con Borges: soy el que sabe que no hay otra venganza que el olvido. Ni otro perdón.