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Este es año electoral… y el otro… y el que sigue

José Luis García

México es un país que constantemente vive en la contienda política; aunque el calendario electoral está marcado oficialmente y se hayan empatado los procesos estatales con el federal, para tratar de evitar precisamente que un año haya comicios y el siguiente también, seguimos con lo mismo, aunque con otros nombres.

La tradición mexicana es irremediablemente interesante: una vez que se eligió titulares en las alcaldías, gubernaturas o el ejecutivo federal, de inmediato los futurólogos comienzan a “perfilar” sucesores. Es un deporte adictivo y, muchas veces, riesgoso.

Desde que Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de la República, aparecieron de inmediato los posibles sucesores: Claudia Sheinbaum, Marcelo Ebrard, Mario Delgado o Ricardo Monreal. En los primeros tres años de AMLO como presidente, los carriles de la sucesión fueron intensos… y lo que viene será mucho más interesante.

Este año habrá un proceso de revocación de mandato y, como lo mencionamos hace unas semanas, el resultado es más que obvio. Nadie compite contra nadie, pero se trata de someter a la consideración ciudadana, si el presidente sigue en el cargo o se va.

¿A quién le sirve este proceso? De manera directa sólo a un partido político y al presidente, pero de forma indirecta a las instituciones partidistas que buscan, desde hace tres años, descalabrar a Morena. El control de este ejercicio, que debe ser democrático, lo tiene el poder político en turno y será muy difícil derrotar a un espectro que se maneja desde la posición más holgada para dirigir este proceso.

Los mexicanos eligieron a López Obrador, que representó a la Coalición “Juntos haremos Historia”, en 2018 y su gestión concluye en 2024; apenas el año pasado se desarrollaron los comicios intermedios, en los que ya se empataron las elecciones estatales de varias entidades del país.

En 2021 se decidieron, además de la Cámara de Diputados, 15 gubernaturas en este proceso empatado con el calendario federal; este año, se habrá de renovar el gobierno estatal de seis entidades: Aguascalientes, Durango, Hidalgo, Oaxaca, Tamaulipas y Quintana Roo, éste último, será elegido para un período de 5 años, con lo que entra también al tema del empate con los procesos federales. Ninguna de estas entidades está gobernada por Morena actualmente.

Oaxaca e Hidalgo está en manos del PRI, mientras que Tamaulipas, Durango y Aguascalientes los tiene el PAN y Quintana Roo el PRD; es importante entonces que Morena juegue con el nombre de López Obrador por delante, de lo contrario puede tener sorpresas.

Y luego, en 2023, habrá elecciones estatales en Coahuila y el Estado de México, ambas entidades bajo el dominio del PRI y es evidente que Morena irá por ambas, particularmente por la que más votos le reditúa: el Estado de México.

Sin embargo en 2024 será la joya de la corona, cuando las elecciones federales se centren en la presidencia del la República y el Congreso de la Unión, pero además, habrá elecciones estatales para renovar el poder ejecutivo en CDMX, Chiapas, Puebla, Tabasco, Veracruz (todos en manos de Morena), así como en Guanajuato y Yucatán que tiene el PAN y Jalisco, cuya gubernatura es de Movimiento Ciudadano y Morelos, que tiene el PES.

Entonces México permanecerá estos tres años bajo procesos electorales y si bien no pertenecen a todas las entidades, sí se trata de una competencia política rumbo a la elección presidencial y de renovación de las cámaras de diputados y de senadores.

¿Qué se juega? ¿La presidencia de la República? Cualquiera podría pensar que se trata de la figura como tal, pero esto va más allá de un simple proceso de sucesión presidencial, pues 2022 y 2023, serán los escenarios previos para el control político que alguna vez retuvo el PRI y que el PAN probó con ya dos titulares en el ejecutivo federal.

Todas las elecciones estatales son importantes. Los partidos políticos buscarán retener lo que tienen para contar con mejores condiciones de control rumbo al 2024; desde que AMLO asumió el poder presidencial, el avance de su partido en las entidades ha sido constante, pero en la última elección, la del 2021, no logró penetrar en Chihuahua como se esperaba.

Asumir que el proceso de revocación de mandato es un mero ejercicio de las democracias, resulta una ilusión cuando a todas luces se verá la mano que mece la cuna y los institutos partidistas harán hasta lo imposible por mermar ese poder que avanza de manera vertiginosa.

En los últimos tres años, Morena se metió hasta la cocina en entidades que se jactaban del dominio de derecha o de centro izquierda, como Sonora, Sinaloa o Baja California; si bien ha creado percepciones políticas de gran calado, no tiene todos los pelos en la mano como para sentirse ganador en entidades que le darían, de alguna manera, una holgada sucesión presidencial morenista, como el Estado de México.

Este proceso, el de revocación de mandato, tiene un alto significado para todos los partidos políticos, porque no solo se juega un “si” o un “no” en la boleta. Al tiempo.