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2024, ni tan lejos, ni tan resuelto

Luis Javier Valero Flores

Los resultados electorales del pasado fin de semana constituyeron un paso del desmantelamiento del viejo régimen de partidos, además del mayor empoderamiento del partido gobernante, la consolidación de la polarización política y la consolidación de la hegemonía de Morena en los procesos electorales.

    Pero lejos de constituir un referente sólido del resultado de las próximas elecciones presidenciales, lo que hizo fue elevar la incertidumbre, pues si se tomaran como base solamente las encuestas de ahora, Morena ganaría sin lugar a dudas, pues encabeza en todas las realizadas hasta la fecha, pero si a la ecuación le agregamos un factor político-partidario -si hubiese un solo candidato de oposición- y los resultados de las elecciones del año pasado y las del domingo anterior, entonces difícilmente se podría asegurar que ya está resuelta.

Establezcamos una premisa, necesaria para efectuar lecturas medianamente acertadas de los resultados electorales: Para compararlos, se tiene que hacer con elecciones del mismo nivel.

Antes detengámonos en un aspecto, al que el presidente regresa una y otra vez, así como sus seguidores más resueltos.

La llegada de López Obrador pudiera ser el final del largo proceso que llamamos de transición democrática, pero que ante lo que hoy vivimos más bien pudiéramos caracterizarlo como la parte final del viejo régimen construido por los gobernantes post-revolucionarios, que tardaron en poco más de una década para darle un cariz estrictamente político (o preponderantemente) al dar origen al Partido Nacional Revolucionario, luego, ya con Lázaro Cárdenas en el poder, con el Partido de la Revolución Mexicana que, a la llegada de Miguel Alemán se transformó en el actual PRI.

Hoy, ese régimen apunta al término de su existencia, pero como todos, muchos de sus rasgos preponderantes perduran, incluso bajo la presidencia de López Obrador.

La 4T está lejos de ser un proceso revolucionario -de acuerdo con todos los cánones académicos y/o políticos-, ni siquiera es la aparición de un régimen partidario liderado por Morena, es, claramente, una manifestación disruptora del viejo régimen en la que la principal característica es el hartazgo al que encabezara el PRI y que luego, durante poco más de 3 décadas conformaran con la activa participación del PAN, a partir de la presidencia de Carlos Salinas, en la que llegaron a la cima de las posiciones políticas, luego de acceder a innumerables gubernaturas, mayorías legislativas y cientos de triunfos municipales.

Y conformar activamente el modelo mediante el cual el neoliberalismo se entronizó en el país, con todas sus graves consecuencias, y que abarca al actual gobierno federal.

En nuestros días, en los que las sucesiones gubernamentales -en todos sus niveles- se resuelven mediante los procesos electorales, en un país en el que no existe una hegemonía política, sino una fuerza política dominante, la suerte se resolverá con cada proceso electoral; por ello, para quienes piensan que Morena tendrá un día de campo en 2024, que será la continuidad de la presidencia de López Obrador, hay hallazgos electorales que motivan a detenerse un poco más en las conclusiones de las elecciones del pasado domingo.

Además de los resultados del año anterior, en las que, sumados todos los votos obtenidos por los partidos de oposición, suman más que los obtenidos por el bloque morenista, los llevarán a concluir que deberán buscar una sola candidatura.

Si no lo hacen, Morena y sus aliados, cualquiera que sea su candidato, ganará.

De acuerdo con un trabajo de análisis de los resultados (Carlos Trigos, politólogo de la Ibero Americana, @Trigos_18) del domingo anterior  en 2018 la participación fue del 61%; en 2022, 46%.

Los partidos de oposición  (si se les sumaran los votos obtenidos en aquel año) obtienen más votos en 2022 que en 2018, pues pasaron de 1 millón 825 mil en el ’18, a 1 millón 960 mil en el ’22.

A su vez, Morena pierde votos en el ’22, pues pasó  de 2 millones 600 mil votos, a 2 millones 200 mil.

Pero si se suma la votación de los partidos aliados de Morena, entonces la caída es peor: Pasaron de casi 3 millones 100 mil votos en 2018, a 2 millones 600 mil en ’22.

Además, sumando el total de los votos de cada uno de los bloques partidarios que hipotéticamente podrían presentarse en el 2024, la oposición, en esos 6 estados, elevó su votación en un poco más de 100 mil votos al pasar de 1 millón 829 mil 956 votos, a 1 millón 957 mil 139.

En tanto, la coalición gubernamental Juntos Haremos Historia ((JHH) pasó de 3 millones 86 mil 397 en 2018, a 2 millones 607 mil 42 votos.

JHH sacó una ventaja de 1 millón 160 mil votos en el 2018, distancia que se recortó a poco más de 650 mil votos en 2022.

En tanto, el otro protagonista, que aspira a convertirse en la fuerza emergente, Movimiento Ciudadano (MC), cuadriplicó su votación entre 2018 y 2022, al pasar de 61 mil 683 a 239 mil 880 votos en 2022.

Hay más. El comportamiento ciudadano frente al partido gobernante es el mismo de cuando el PRI era el gobierno: Si se eleva la participación, entonces el partido en el gobierno sufre las consecuencias.

Aparentemente, el factor que más influyó en la baja participación fue la falta de real competencia, como fue el caso de Quintana Roo, Hidalgo y Oaxaca.

La votación del domingo, de acuerdo con los resultados de la encuesta de salida realizada por El Financiero arroja varias lecturas interesantes. (Replicada en Aserto, https://aserto.mx/nota/encuesta_ef_beneficiarios_de_programas_sociale).

La primera de ellas es que los programas del Bienestar sí influyen en la decisión electoral, pueden no ser determinantes, pero sin duda que en las entidades en las que Morena obtuvo triunfos aplastantes influyeron, ahí sí decisivamente, pues los votantes por el partido gobernante fueron el 72% en Hidalgo, el 71% en Oaxaca y el 64 en Quintana Roo.

Además, del total de los votantes, el 59% no es beneficiario de los programas del bienestar.

Ahora bien, según ese estudio, tampoco la opinión sobre el desempeño del presidente jugó un papel trascendente -salvo el caso de Oaxaca- en la definición del voto, pues López Obrador tuvo una calificación promedio del 67%, aunque en Durango y Aguascalientes -en las que perdió Morena- la aprobación fue la más baja, 55%, de todos modos, alta.

Más aún, la encuesta en comento mostró que -en promedio- al momento de votar, el elector tomó en cuenta al candidato (33%), enseguida al partido (27%) y en tercer lugar al gobierno de AMLO (20%).

¿Y entonces?

Es probable que estemos frente al fenómeno de la “indulgencia” ciudadana, que le otorga “una nueva oportunidad” a quienes apenas llegaron al gobierno.

Con una enorme diferencia, hoy es mayoritario el mayoritario hartazgo hacia los viejos partidos y el viejo orden político existente.

El problema -para la oposición- es, entonces, mucho más complejo que el de definir un nuevo programa, o unos nuevos principios partidarios.

Es probable que aunque eso hicieran, ni así podrían a convertirse en la alternativa que los ciudadanos aspiran a tener frente al gobierno de López Obrador, a quien ensalzan a rabiar tanto los más fervientes de sus seguidores, pero también un nada despreciable número de ciudadanos recelosos del viejo régimen, de las incontables corruptelas de los priistas y del permanente hostigamiento al que fue sometida la mayoría de la población por ese régimen.

Eso explica el cambio del electorado, que se está comportando con Morena del modo en que reaccionó en la parte final de la hegemonía priista: Alta votación en el medio rural, entre la población mayor y la de menor nivel escolar.

Una de las evidencias que mostraron las elecciones de los 6 estados es, precisamente esa, Morena alcanza votaciones muy altas en aquellos sectores poblacionales y la oposición alcanza votaciones elevadas en las zonas metropolitanas.

Tómense como ejemplos de las dos vertientes las votaciones alcanzadas por Morena en Hidalgo y Oaxaca, cuya población es altamente rural y la obtenida por los candidatos de la oposición en Durango y Aguascalientes.

Esteban Villegas, de Va por México, obtuvo el 56% de su votación en los centros urbanos mayores de Durango, la capital, Gómez Palacio y Lerdo, además de ganar en las poblaciones medianas: Santiago Papasquiaro, Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria.

El caso de Tamaulipas no escapa al aserto enunciado, pues aunque  gana Morena, la diferencia es menor y quizá sirva el antecedente de que apenas un año atrás prácticamente aplastó a todos los partidos de oposición, pues ganó en la mayoría de los municipios -especialmente en los fronterizos, que son, salvo la capital, Ciudad Victoria, y la zona metropolitana de Tampico-Cd.   Madero-Altamira, los principales centros urbanos de la entidad- además de obtener la mayoría en el Congreso del Estado y  de las diputaciones federales.

Pero apenas un año después, la oposición le disputó palmo a palmo el triunfo.

La moneda está en el aire.

   asertodechihuahua@yahoo.com.mx; Blog: luisjaviervalero.blogspot.com; Twitter: /LJValeroF

   Fuente de citas hemerográficas recientes: Información Procesada (INPRO)